El frío de Lyon le mordía los huesos, pero el calor que emanaba del motor de aquel Maserati negro era el único refugio. Dante terminó de puentear el sistema de seguridad en tiempo récord. El rugido del motor bajo el capó fue un grito de guerra en el silencio del aparcamiento subterráneo.
— Sube. Ahora — ordenó Dante. Su voz era un bloque de hielo, pero sus manos, aún manchadas con la sangre seca de Moretti y Lorenzo, temblaban imperceptiblemente sobre el volante de cuero.
Elara se desplomó en e