El interior del vehículo blindado olía a cuero y a la colonia costosa de Nicolás Leone, un contraste asqueroso con el olor a humo que Elara llevaba impregnado en la piel. Leone la mantenía sujeta del brazo, obligándola a sentarse frente a una figura que permanecía en las sombras del fondo, un bulto humano que apenas respiraba.
— Mira bien, Elara — susurró Leone, señalando al hombre sentado en el rincón — Te dije que tu padre era un artista de la evasión. ¿No te mueres por ver qué hay detrás de