Salimos del restaurante casi en silencio.
Lorenz pagó la cuenta con esa generosidad distraída que siempre lo caracterizaba, dejó una propina generosa y me abrió la puerta del coche como si acabáramos de tener una comida perfectamente normal. Emilian se despidió con un apretón de manos corto y una inclinación de cabeza que solo a mí me resultó cargada. No me miró otra vez. No lo necesitaba. Ya había dejado su huella exactamente donde sabía que más iba a doler.
En el trayecto de vuelta Lorenz hab