Me quedé sentada en el coche con las manos aferradas al volante y la frente apoyada en él. La lluvia golpeaba el techo con un ritmo constante, casi hipnótico. El cristal se empañaba por mi respiración entrecortada. Delante, el edificio de ladrillo viejo seguía ahí, indiferente, con las ventanas del tercer piso a oscuras.
El cerrojo todavía resonaba en mis oídos.
Las palabras de Emilian se repetían una y otra vez, secas, definitivas. Como si ocho años de silencio, de dolor y de preguntas sin res