El reloj del microondas marcó las cuatro, cuando me levanté del sofá.
Lorenz seguía dormido arriba. Su respiración profunda se filtraba por la escalera como un recordatorio de que el mundo normal continuaba sin mí. Me vestí en silencio. No me maquillé. No me peiné. Solo tomé las llaves del coche, el teléfono y salí de la casa sin mirar atrás.
El aire de la madrugada me golpeó la cara. Frío y real. Muy diferente al peso sofocante de las notas de Martín.
Arranqué el motor. Las luces del salpicade