El oficiante siguió hablando.
Las palabras se mezclaban con el ruido de las hojas movidas por el viento y con el leve murmullo de los invitados. Lorenz no soltó mi mano ni un segundo. Su pulgar rozaba el dorso de la mía con una ternura constante, como si quisiera recordarme que estaba ahí, que esto era real, que yo no estaba sola.
Cuando llegó el momento de los votos, mi voz salió más baja de lo que esperaba.
Prometí amarlo, prometí cuidarlo. Prometí construir un hogar con él.
Cada frase me s