Bajé las escaleras del edificio como si cada peldaño pesara el doble. La lluvia me recibió otra vez en cuanto salí a la calle, fina y fría, pegándose al abrigo que todavía llevaba arrugado entre las manos. Me metí en el coche, cerré la puerta y me quedé unos segundos sin arrancar, mirando el edificio a través del cristal empañado.
Arranqué. El motor rugió demasiado fuerte en el silencio de la madrugada. Conduje sin pensar en el camino, solo siguiendo las luces borrosas de los semáforos y el rit