Amaneció sin que yo lo notara del todo.
Abrí los ojos y la luz que entraba por las cortinas ya era blanca, de media mañana. Lorenz seguía a mi lado. No se había levantado. Su brazo seguía cruzado sobre mi cintura, pesado, cálido, como si durante toda la noche hubiera tenido miedo de que me escapara otra vez.
Me giré un poco. Él abrió los ojos de inmediato.
—Buenos días —susurró, voz aún pastosa—. ¿Cómo te sientes?
Negué con la cabeza. No mentí con palabras. Solo negué.
Él no preguntó más. Se in