Escuché la llave en la cerradura poco después de las siete.
El sonido me atravesó como un escalofrío. Me incorporé a medias en la cama, con el corazón latiéndome demasiado rápido, y me pasé las manos por la cara. Estaba hinchada. Los ojos ardiendo. El pelo hecho un desastre. Olía a lágrimas secas y a la colonia de Lorenz impregnada en las sábanas. Intenté alisarme un poco, pero era inútil. Cualquier intento de fingir normalidad se desmoronaría en cuanto él me viera.
Los pasos subieron la escale