No dormimos.
Después de que el último temblor se nos escapara del cuerpo, Lorenz se quedó dentro de mí un rato más, respirando contra mi cuello, los dedos entrelazados con los míos sobre la almohada. El silencio era denso, pero ya no pesaba. Era el silencio de alguien que acaba de decir algo irreversible y de alguien que acaba de aceptarlo.
Cuando por fin se separó de mí, lo hizo con una lentitud casi reverente. Se recostó de lado, me atrajo contra su pecho y me rodeó con un brazo. La cicatriz