La puerta se cerró detrás de él con un golpe seco, definitivo.
El sonido reverberó en el salón vacío como un disparo. Me quedé arrodillada en el mismo sitio, con las manos todavía levantadas, como si pudiera tocarle la cara que ya no estaba. Los dedos me temblaban. Estaban húmedos de sus lágrimas. Y de las mías.
Durante unos segundos no pude moverme. Solo escuché. El eco de sus pasos bajando las escaleras. El chirrido de la puerta principal del edificio. El motor del coche arrancando con violen