Lorenz me dejó frente al edificio de la oficina a las ocho y media en punto. El cielo seguía gris, pesado, como si el día no hubiera decidido todavía si iba a llover o a aguantar. Antes de que abriera la puerta del copiloto, él me tomó la mano y rozó el anillo con el pulgar, una vez, despacio.
—A la una paso a buscarte —dijo—. Almorzamos con mi madre. Ya le dije que vendría alguien importante. No le conté más.
Asentí. El anillo aún se sentía extraño en el dedo, un poco holgado, frío contra la p