El nombre cayó entre nosotros como un cristal roto.
Lorenz no se movió. No parpadeó. Solo se quedó mirándome, con la boca entreabierta y los ojos cada vez más claros, como si la luz de la lámpara del salón se hubiera vuelto demasiado fuerte de golpe. El tic-tac del reloj de la cocina se oyó de pronto brutal, cada segundo un martillazo.
—¿Qué…? —dijo. La voz le salió ronca, casi irreconocible.
—Emilian —repetí, porque ya no había marcha atrás—. Tu primo.
Durante un segundo más no pasó nada. Solo