Esa misma tarde, Miguel regresó a casa con el corazón cargado de preocupaciones. A pesar de que el ambiente estaba completamente silencioso, en su pecho reinaba un estruendo que no lograba callar por nada del mundo. Se quedó de pie junto a la ventana, con la chaqueta aún puesta, observando la ciudad iluminada a medias y el jardín con las flores que Sofía había sembrado. Entre sus dedos estaba un cigarrillo que ardía con lentitud, pero él no parecía interesado en fumarlo, simplemente lo sostenía