El viento salado del muelle azotaba el rostro de Miguel, pero él apenas lo sentía. Su corazón era un tambor frenético golpeando contra sus costillas. Llegó jadeando; las palmas de sus manos estaban entumecidas y adoloridas por el esfuerzo de empujar las ruedas a toda velocidad por las calles que conducían al puerto.
Sus ojos llenos de desesperación observaron la zona con una mezcla de esperanza y terror. Esperanza de haber llegado temprano y terror de no haberlo hecho. Pero cuando vio alrededor