Clara irrumpió en el hospital como un vendaval, apartando a la gente del pasillo a empujones. Llegaba con el pelo revuelto, los ojos enrojecidos y un temblor incontrolable que le sacudía las manos. No sabía si lo que sentía era miedo o rabia. Después de todo, ella había pagado para que atropellaran a Dimitri, no a Miguel. Todo le había salido terriblemente mal.
Al cruzar la puerta de la habitación privada, la escena la paralizó por un instante. Allí yacía Miguel, conectado a monitores que emití