Unos días más tarde, Gracia enterró a su padre.
Fue una ceremonia breve. Sin discursos largos, sin flores opulentas. Solo Pandora —la leal Pandora— y un par de conocidos más, rostros que la joven apenas recordaba de su infancia o de visitas fugaces a la casa de su padre. Gracia ni siquiera lloró. El nudo en su garganta era tan sólido que no podía tragar. No había espacio para el llanto, pero por fortuna para ella, había logrado perdonar a su padre.
Desde entonces, algo en ella se quebró del to