Gracia no había pegado el ojo en toda la noche. Pasar las madrugadas en vela se estaba volviendo rutina. Apenas asomó el primer rayo de sol, salió rumbo a la casa de su padre sin pensarlo dos veces.
Sabía lo que le esperaba. Se preparó para enfrentarlo, pero nada la preparó para lo que encontró al llegar.
Cuando la puerta se abrió, su padre ya la esperaba junto a María. Ambos la miraban con un desprecio tan evidente que dolía. Pero eso no era todo.
Detrás de ellos, en la sala, estaban los herma