Gracia sentía que la sangre le hervía. No había otra persona, solo Fernando podía haber hecho algo así.
—¡Sí, Gracia! Fui yo, ¿y qué? —admitió él con descaro—. No puedo permitir que sigas casada con ese malnacido.
—¿Cómo pudiste, Fernando?
—Lo hice por ti, mi amor. Ahora ese desgraciado va a pedirte el divorcio, y por fin podrás estar conmigo sin ningún remordimiento. Lo hago por nuestra familia.
—¡Deja de decir estupideces! ¿Cuál familia? Estoy casada con Maximilien porque quiero estar con él,