Caleb se dejó caer en el sillón, hundiendo el rostro entre las manos. Maximilien lo observó en silencio unos segundos, intentando darle espacio.
—¿Qué pasó? —Maximilien preguntó finalmente, mientras le daba una palmadita en la espalda.
Caleb respiró hondo.
—Se acabó, Max… —levantó la mirada, y sus ojos aún brillaban de la rabia y el dolor—. Ella se fue. Así, de un día para otro y solamente dejó una maldita nota sobre la mesa, que ahora estaba enamorada de alguien más.
Maximilien apretó la mandí