Mientras tanto, a las afueras de la ciudad, en una bodega abandonada, Gracia yacía atada de pies y manos sobre el gélido suelo, inmóvil. Mariana, con el teléfono en la mano, caminaba nerviosa de un lado a otro, como una fiera enjaulada.
—Ese maldito de Fernando me colgó… ¿quién se cree ese imbécil? —espetó, fuera de sí.
Nicholas encendió un cigarrillo con total parsimonia.
—Te lo dije. Ese idiota de tu amante no sirve para nada. Debimos pedirle los veinte millones directamente a Fuenmayor.
—¿Y