Gracia caminó dos pasos hacia su hermana, quedando frente a ella, mirándola fijamente a los ojos, y le sonrió con sorna.
—¿Tú, Lauren, pidiéndome ayuda? —se burló, con un tono que atravesaba como cuchillo—. Después de todo lo que me hiciste… No hay ninguna ayuda para ustedes dos. Pinches viejas, ¡Ahora lárguense!
Las palabras fueron peor que una bofetada. Lauren quedó inmóvil, tragando el nudo de la humillación. Su orgullo rugía por dentro, pero debía contenerse. La única forma de llegar a la c