Unos tacones se movían con desesperación de un lado a otro mientras Lauren vaciaba de un trago su copa.
—¡Maldita sea! El imbécil de Ernesto no debía irse de la mansión justo ahora. —Chasqueó la lengua—. Seguro la perra de Gracia ya se dio cuenta de que fue una trampa, espero que haya funcionado.
—Hija —replicó María, más cansada que indignada—, necesitamos un golpe de verdad. Eso de correos y fotos no va a funcionar. Si queremos recuperar la compañía de tu padre, no podemos seguir tirando el p