El reloj de la mansión marcaba casi las ocho de la noche cuando Maximilien entró al salón principal. Cerró la puerta con decisión, caminó directo hacia Gracia y, sin decir nada, la tomó de la cintura. Le estampó un beso ardiente en la mejilla, rozando luego su oído.
—Es un hecho, preciosa —susurró con voz cargada de entusiasmo—. El negocio con los chinos está firmado. Nuestro próximo destino será Shanghái.
Gracia parpadeó incrédula, girándose hacia él con sorpresa en el rostro.
—¿Hablas en seri