Por fin Maximilien estaba fuera del hospital. Gracia no se lo podía creer. Caminaba de su mano por los pasillos que algún día recorrió sola, y se sentía la mujer más feliz del mundo. Él estaba más delgado, su andar era lento, pero sus dedos entrelazados con los de ella eran reales, y ella los apretaba con fuerza para ayudar a sostenerlo.
—¿Estás cansado? —le preguntó en voz baja, casi temiendo que todo fuera un sueño.
—Un poco... pero nada me detendrá de llegar a casa —respondió él con una leve