El bar nocturno en el centro de Ashford Falls comenzaba a llenarse. Luces tenues en tonos azules y rojos bañaban el recinto, iluminando las sillas de madera y las pequeñas mesas. Un ligero humo de cigarrillo flotaba en el aire, mezclándose con el aroma de perfumes baratos y sudor. La música sonaba suave desde los altavoces en las esquinas; no era una melodía estridente, sino lo suficiente para que el ambiente no resultara demasiado lúgubre.
Varios clientes ya ocupaban las mesas; algunos bebían