Esa noche, en la lujosa mansión de la familia de Ana, situada en las afueras de Madrid, Dominic permanecía de pie ante el ventanal de su dormitorio.
La residencia era imponente, una estructura soberbia que eclipsaba por completo a su propia casa de campo de estilo victoriano en Ashford Falls. Paredes de mármol blanco, lámparas de cristal que destellaban en cada rincón, un extenso jardín provisto de una piscina impecable y, a la distancia, la majestuosa silueta de las montañas recortándose contr