El sol de la mañana ascendía cada vez más sobre Madrid, pero en el interior de la lujosa suite del hotel de cinco estrellas, la atmósfera continuaba gélida.
Dominic todavía estrechaba a Ana entre sus brazos. Sus manos grandes y cálidas rodeaban la espalda de la joven, mientras sus dedos acariciaban su larga y suave cabellera rubia. Su rostro atractivo, de mandíbula marcada y nariz perfilada, lucía sereno; sus ojos oscuros envolvían a Ana con una mirada cargada de aparente afecto.
Sin embargo, d