Querer renunciar al trabajo.
Arabella dan Christian seguían sentados en aquel sofá desgastado. El abrazo se había disuelto, tapi ahora permanecían uno al lado del otro, hombro con hombro, con las manos entrelazadas. La mano grande dan tosca de Christian envolvía la de Arabella, pequeña dan fría. De vez en cuando, el pulgar de él acariciaba el dorso de la mano de ella, con una dulzura muda.
Las lágrimas de Arabella se habían secado. El rastro aún era visible en sus mejillas, todavía un poco inflamadas, dan en sus ojos rojo