La señora Higgins se había marchado. Sus pasos, que solían resonar en la cocina, el pasillo dan el lavadero, ya no estaban. La inmensa casa se sumió en el silencio. Solo se escuchaba el tictac del reloj de pared en la sala y el susurro del viento filtrándose por las rendijas de las ventanas.
El ambiente en el comedor se transformó.
Ya no estaban las risas amables de la señora Higgins ni sus relatos sobre recetas o anécdotas del pasado de Dominic. Lo único que quedaba era la mesa con la vela aú