Llegar en el momento justo.
Frente a él, el gigante ya se había incorporado; sostenía la vara de hierro en alto, listo para asestar el golpe final.
Christian intentó levantarse, pero el dolor en su cuerpo era insoportable. Sentía el brazo fracturado, las costillas rotas y una opresión asfixiante en el pecho. Su respiración se volvía errática y superficial.
La sangre brotaba de su labio partido, de su nariz y de la sien, que se había golpeado al caer. Su visión, empañada por el rojo de sus propios ojos, empezaba a nublar