El señor Dom juguetón.
Dominic no tenía los ojos cerrados. Estaba allí, frente a la puerta abierta, contemplando a Arabella envuelta en la toalla crema, con el cabello húmedo y el rostro encendido.
Sin embargo, su mirada no era la de siempre. No era fría. No rebosaba lujuria. No era la de un depredador acechando a su presa. Era una mirada dulce. De una dulzura extraña, inusual en él.
En su mano derecha sostenía un montón de ropa perfectamente doblada. Parecía una camiseta gris claro; al verla, se notaba que el teji