Luna no se movió, ni cuando Andrey terminó de hablar, ni cuando sus ojos resplandecieron, como si una estrella dormida despertara dentro de ellos.
Se quedó allí, de pie, mirándolo, sintiendo que el suelo era un hilo delgado que podía romperse en cualquier momento. Y, sin embargo, no quería irse, no podía y no se fue.
Pudo hacerlo, pudo cerrar la puerta, fingir que aquello no estaba pasando y aferrarse al mundo lógico, al mundo cómodo, donde la gente no brillaba, ni hablaba de siglos pasados… Pe