La nieve caía con una suavidad cruel sobre toda la cuidad, cubriendo calles, tejados y árboles como si el mundo entero quisiera esconder su miseria bajo un manto blanco.
Pero dentro de mí… no había nada puro.
Solo ruinas.
Solo dolor.
Solo un vacío tan inmenso que a veces sentía que iba a tragarme viva.
Apreté mis brazos alrededor de mi cuerpo mientras observaba por la ventana del pequeño coche donde Isabela me llevaba, demasiado agotada incluso para seguir cuestionando si debía confiar en ella