Le conté todo a René. Cada maldito detalle. Y mientras hablaba, notaba cómo evitaba mirarme, cómo sus ojos se desviaban una y otra vez. Eso dolía… dolía más de lo que esperaba. Porque en ese momento, frente a ella, yo debía ser un monstruo.
Pero ya no podía ocultarlo más. Callarlo se había vuelto más insoportable que decirlo.
—Entonces… ¿tu padre es un asesino? —preguntó al final.
Asentí. Las lágrimas me caían a cántaros, sin control, sin dignidad.
—Sé que debes pensar que soy un monstruo —murm