Al día siguiente, me levanté más cabreado de lo normal. Tenía una necesidad casi enfermiza de joder al padre de Elena, de meterme en su cabeza y retorcerle cada pensamiento hasta hacerlo dudar de su propia cordura. Y eso haría. Volvería a enviarle una pequeña carta. Sabía que lo iba a mortificar. Jugaría con su mente todo lo que pudiera, hasta verlo enloquecer lentamente, como un animal acorralado sin salida.
El sonido del timbre resonó por la habitación, rompiendo el silencio denso que me envo