—¡Manuel, trae alcohol! ¡Ahora! —la voz de la señora Harper retumbó en las paredes de madera, perdiendo toda la elegancia a un pánico maternal.
Sostenía la cabeza de su hija con una delicadeza infinita, temiendo que, si la soltaba, Rosie se golpeara. Scarlett, dejando de lado sus propias dudas, se lanzó al suelo para ayudar a la señora Harper a elevar las piernas de su amiga y acomodarla en el mueble de terciopelo. Fue cuestión de segundos para que Manuel regresara con un frasco de alcohol y u