Cara a cara.
—Rosie, no quiero que te vayas —dice Máximus Livingston con una voz que arrastra una pizca de súplica, algo casi inaudito en un hombre de su temple. Sus dedos se cierran con firmeza, pero sin lastimar la muñeca de su esposa.
Rosie suelta un largo y pesado suspiro. Lo ama, su corazón grita que se quede, pero su orgullo de mujer está sangrando. Ninguna mujer, por más enamorada que esté, desea que el hombre de su vida tenga un hijo por fuera del matrimonio, un recordatorio viviente de una traici