Ximena
Ella parecía estallar, su rostro se coloreó, las venas del cuello se pronunciaron, las mejillas se inflaron, lanzándole el ramo al gordinflón, como una leona lanza un gruñido: —¡lárgate tío!, no quiero verte y no creo en sus mentiras; estás ardido debido a que te saque de la empresa.
El anciano se colocó la mano derecha en el corazón y con la otra extendió la mano en señal de alto, para seguir con su explicación: —Por favor, sé que me odias y tienes la razón. Soy un ser despreciable, per