XIMENA
—¿Y por qué no me contaste eso? Se supone, hermanita, que nos contábamos todo.
—Pues Ximena. Eso fue cuando creía que estabas felizmente casada con ese fantasma italiano.
—Terrible; debiste ir a un psicólogo, Emily.
—Suficiente con lo que dure hospitalizada, allí en la camilla medite mucho sobre mis errores. Yo misma me encargué de transformar ese paraíso en un infierno. Aburrí a ese hombre hasta el cansancio, lo celé para que me abandonara, incluso pensé en matarlo para que si no era mí