La tarde sobre los campos sicilianos comenzó a teñirse de un oro viejo y profundo, alargando las sombras de los olivos centenarios que custodiaban el jardín de la mansión Lombardi. Alessandra permanecía sentada sobre la manta de hilo blanco, con la pequeña Gabriela a su lado, entretenida con su oso de peluche, mientras Gabrielle, a unos metros de distancia, jugaba con sus pequeños soldados en una de sus tantas batallas imaginarias. El murmullo del viento entre las ramas y el trino lejano de las