El sótano de la mansión Lombardi nunca se había sentido tan gélido. La humedad de las paredes de piedra parecía absorber los gritos que Idara aún profería mientras Thiago la encadenaba a la silla de hierro en el centro de la habitación, bajo una única bombilla que parpadeaba con una luz amarillenta y enfermiza. Arriba, el mundo de los Lombardi se caía a pedazos por la desaparición de Gabrielle, pero aquí abajo, el tiempo se había detenido en un juicio de sangre.
Salvatore entró en el sótano con