La aurora sobre las colinas de Sicilia no trajo la paz esperada. El cielo se tiñó de un naranja violáceo, como una herida que se abre lentamente, mientras el rocío de la mañana humedecía los viñedos que rodeaban la mansión Lombardi. Tras la noche de fuego y la posterior entrega absoluta en la suite, Salvatore y Alessandra bajaron a la terraza principal. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el olor persistente a ozono y limpieza química que el equipo de Thiago había dejado tras borrar