Mundo ficciónIniciar sesiónSAGA: LUNA CRECIENTE. LIBRO 2 "A veces, las almas destinadas a estar juntas realmente no lo están". Dos almas, una unión y dos caminos. Ella huye para que él no la encuentre. Él la busca desesperadamente. Ella quiere olvidar todo lo que vivió. Él la quiere devuelta. Ella es humana. Y él es un licántropo. Ella era antes la mujer que quería olvidar su pasado y tener una vida feliz, pero ahora es la humana que escapa de las garras de su alma gemela. Él antes era el lobo que se disfrazó de oveja, pero que un día se hartó y decidió mostrar verdadera forma, pero ahora es el lobo que se arrepintió demasiado tarde y busca a su amada desesperadamente. ¿Tú que crees que vaya a pasar?
Leer másEn el mundo donde el poder se compra con dinero y se defiende con sangre, nadie llega a la cima sin destruir a alguien en el camino.
Hace más de veinte años, antes de que el apellido Moretti fuera pronunciado con miedo en cada rincón de la ciudad, todo era una guerra. Las familias mafiosas luchaban por territorios, negocios y respeto. Las calles estaban llenas de traiciones, pactos secretos y hombres dispuestos a matar por una simple orden. Los bares clandestinos funcionaban hasta el amanecer, las sirenas de la policía se escuchaban a lo lejos y los cadáveres aparecían en callejones oscuros como una advertencia silenciosa. En medio de ese mundo peligroso estaba Víctor Moretti. Un hombre joven, ambicioso y decidido a construir un imperio que nadie pudiera arrebatarle. Aquella noche estaba sentado frente a una mesa cubierta de dinero, armas y vasos de whisky. El humo de los cigarros llenaba el aire y la música retumbaba en las paredes del club privado que servía como uno de sus escondites. Alrededor de él, varios de sus hombres discutían sobre negocios, rutas de contrabando y enemigos que debían desaparecer. En una esquina del salón, varias mujeres bailaban sin ninguna prenda, moviéndose al ritmo lento de la música, acostumbradas a ser parte del espectáculo para los hombres más peligrosos de la ciudad. Pero Víctor apenas les prestaba atención. Se quedó de pie allí. La camisa negra se ajustaba a su cuerpo como si hubiera sido esculpida a su medida. El cuello estaba ligeramente abierto, dejando ver sus clavículas y una pequeña parte de su pecho firme. Los botones de la camisa se movían suavemente con el ritmo de su respiración, como si recordaran a cualquiera la fuerza que se escondía dentro de ese cuerpo. Esperaba noticias. Noticias que podían cambiar el destino de su organización. De pronto, la puerta del salón se abrió. Dos de sus hombres entraron con paso rápido. Al verlos, Víctor se acomodó en su asiento. El ruido de la sala disminuyó poco a poco hasta que el silencio se apoderó del lugar. Todos sabían que algo importante estaba por anunciarse. Uno de los hombres se acercó y habló con respeto. —Jefe… ya está realizado el trabajo que nos encargó. Una leve sonrisa apareció en los labios de Víctor. —¿Dónde está? —preguntó con calma. —En su casa. Está encerrada en una habitación, como ordenó. Víctor asintió lentamente. —Bien. Vigílenla. Los hombres se retiraron enseguida. Él sabía perfectamente que aquella operación no había sido fácil. Probablemente había perdido a varios hombres en el proceso. Después de todo, la persona que acababan de secuestrar no era cualquier objetivo. Era Lucía, la hija del fiscal general. El mismo hombre que llevaba años intentando capturarlo y destruir todo lo que había construido. Aquello no era solo un secuestro. Era una declaración de guerra. Las luces parpadeantes de la habitación cayeron sobre el rostro de Víctor, iluminando sus rasgos profundos. La noticia que acababa de recibir hizo que la comisura de sus labios mostrara un cambio casi imperceptible, como si estuviera reprimiendo alguna emoción. Luego se levantó lentamente y subió por la escalera privada del club hasta llegar a la suite del último piso. Al abrir la puerta encontró a dos mujeres esperándolo en la enorme cama. Ambas sonrieron al verlo entrar. Sabían perfectamente por qué estaban allí. Sus cuerpos resaltaban bajo la tenue luz de la habitación y se acercaron a él con movimientos seguros. Víctor dejó su saco sobre una silla mientras ellas comenzaban a desabrochar los botones de su camisa. Era un ritual que se repetía muchas noches. Para él, aquello era solo una distracción. Una forma de liberar la tensión después de largas horas de decisiones, traiciones y violencia. Víctor estaba recostado boca arriba en la cama, mirándolas a las dos. Una de las mujeres tenía el cabello largo cayendo sobre sus hombros como seda negra. Sus ojos estaban ligeramente entornados, con pestañas espesas, y en sus labios se dibujaba una sonrisa apenas perceptible. La lencería de encaje negro hacía que su piel clara resaltara aún más. Se giró de lado y cruzó lentamente una pierna larga sobre la otra, adoptando una postura perezosa pero claramente seductora. La otra mujer estaba medio arrodillada sobre la cama. Su cabello claro caía por sus hombros hasta el pecho. Su mirada era audaz y directa. Cuando el tirante de cristal de su lencería resbaló ligeramente por su hombro, el ambiente en la habitación se volvió cada vez más ambiguo y cargado. Pero Víctor simplemente las observaba con frialdad, como si todo aquello fuera solo una parte más de su rutina diaria. Las mujeres sabían que estar con el jefe de la mafia era un privilegio que muchas deseaban. Aunque ninguna lograba quedarse mucho tiempo. Ninguna… excepto Lorena. Lorena era quien se encargaba de conseguirle compañía cada noche. Lo hacía con una sonrisa profesional, pero en el fondo odiaba hacerlo. Porque ella quería algo más. Quería un futuro con él. Quería ser la esposa del hombre al que todos llamaban El Don. La noche pasó entre risas, música y susurros. Cuando el amanecer comenzó a filtrarse por las ventanas, las dos mujeres salieron de la habitación agotadas. Víctor, en cambio, parecía completamente sereno. Se duchó, se vistió con un traje oscuro impecable y abandonó el club. Era hora de ver a su nueva prisionera. Cuando llegó a su mansión, algo no estaba bien. Desde la entrada escuchó gritos. También el sonido de vidrio rompiéndose. Sus hombres estaban nerviosos en la sala. Y en medio del desastre estaba ella. Lucía. La hija del fiscal sostenía una lámpara pesada entre las manos, apuntándola como si fuera un arma mientras amenazaba a cualquiera que se acercara. Su vestido de novia estaba arrugado y manchado. El maquillaje corrido dejaba ver que había llorado… pero sus ojos brillaban con furia. Cuando las miradas de ambos se encontraron, el silencio llenó la habitación. Por un segundo… todo se detuvo. No era como Lucía lo había imaginado. No había cicatrices, ni brutalidad evidente. Al contrario. Frente a ella estaba un hombre alto, de porte impecable, vestido con un traje oscuro que parecía hecho a su medida. Su presencia emanaba una sensación de calma y dominio, con un leve toque de agresividad latente. Solo con estar allí, parecía un depredador silencioso, y hasta su respiración resultaba profunda y seductora. Víctor levantó una mano. —Déjennos solos. Sus hombres dudaron un momento, pero obedecieron. Uno por uno abandonaron la sala hasta que la casa quedó com pletamente en silencio. Víctor se arremangó lentamente la camisa y caminó hasta el sofá principal. Se sentó con total tranquilidad, como si la mujer frente a él no estuviera a punto de atacarlo. Lucía no soltó la lámpara. El cabello largó caía desordenado sobre su rostro, cubriendolo, sus ojos verdes, brillantes, llenos de furia, no mostraban rastro de sumisión. Ni siquiera cuando él señaló el sofá frente a él. —¿Quién es usted? —preguntó ella, con la voz temblando entre rabia y confusión—. ¿Qué hago aquí? Víctor la observó unos segundos antes de responder. —Yo soy Víctor Moretti. Hizo una pequeña pausa antes de continuar.—Y tú vas a quedarte aquí… hasta que tu padre deje de meter sus narices donde no le llaman. El tono de su voz era tan tranquilo que resultaba aterrador. Un escalofrío recorrió la espalda de Lucía. —Así que deja la lámpara en su lugar —añadió él—. Todo lo que rompas se le enviará en la factura a tu padre. Lucía reaccionó lanzándole la lámpara con toda su fuerza. Víctor se movió apenas a tiempo y el objeto pasó rozándolo antes de estrellarse contra la pared. —¡Estaba en mi boda! —gritó ella con furia—. ¡Arruinaron mi boda! Víctor se levantó lentamente. —Mejor aún —respondió con una sonrisa fría—. Así el fiscal general y el hijo del jefe de policía dejarán de estar molestándome. Se acercó unos pasos más. Su presencia llenó la habitación como una sombra. —Ahora sube a la habitación que te asignaron —ordenó—. Y escucha bien: si vuelves a lanzarme algo o destruyes algo de mi propiedad… tu padre y tu prometido recibirán un dedo tuyo. Lucía se quedó inmóvil. No porque tuviera miedo. Sino porque la seriedad en los ojos de aquel hombre le dejó claro que no estaba bromeando. Después de unos segundos levantó lentamente la mano. Y mostró uno de sus dedos. —Puede ser este. Víctor se detuvo. Giró la cabeza hacia ella. En sus ojos apareció algo nuevo. Ira. El cabello caía con naturalidad sobre sus hombros, enmarcando su rostro con un descuido perfectamente calculado, como si no necesitara esfuerzo para ser notada. Eso le molestaba por qué en lugar de encontrar a una víctima asustada… había encontrado a una mujer que lo desafiaba. Pero Víctor Moretti no era un hombre acostumbrado a perder. Y estaba convencido de una cosa. Podía tardar días… semanas… incluso meses. Pero al final, Lucía terminaría de rodillas ante él. Después de todo, pensó con una sonrisa fría… No era más que otra mujer que creía ser fuerte.MAIA COOPER.Horas antes.¡No, no, no, no, no!¡Esto no puede ser verdad!Veo como la tercera prueba de embarazo ha salido positiva y eso no me hace tener más dudas y esperanzas.Está confirmado, estoy embarazada.¿Lo peor? Es que es el bebé que espero es de un monstruo que me ha arruinado la vida y que estoy segura que de alguna u otra forma hara lo mismo con su hija o hijo.Sé que debería de alegrarme de que voy a tener a alguien que me haga compañía independientemente de quién es su padre, pero para mí eso es imposible.No quiero tener a este bebé, mucho menos porque sé que no va a crecer en un buen hogar ni tendrá una bonita familia, pero no puedo abortarlo porque Nicolás me tiene vigilada siempre y no me permite salir de la casa ni hablar con nadie nuevo sin estar él presente, tampoco puedo pedirle ayuda a alguien porque le irán a contar sobre el embarazo y él, obviamente, no me permitira abortar.A lo mejor estoy siendo egoísta y cruel, pero prefiero serlo mil veces a tener que
NICOLÁS COOPER.Marco al número de mi melodia nuevamente y cuando no me vuelve a contestar, decido marcar el de Amaris.—¿Diga?—¿En dónde está mi melodía? —voy directo al punto—. No me contesta.—Nunca lo hace —me recuerda—. Y sobre dónde está, está en su habitación, no ha querido salir en todo el día.—¿De nue...? —bufo frustrado—. Toca su puerta y dile que digo yo que si no está afuera para cuando llegue, le irá muy mal.—¿Y si no sale? —Lo hará —le digo—. No le gusta que la castigue y si no lo hace, no digas nada y vete de ahí, yo me encargo de ella.—Entendido —me dice— ¿En cuanto tiempo llegas?—Maximo cinco minutos —le informo—. Bye.Le cuelgo y guardo mi celular en el bolsillo de mi pantalón.Esa mujer me va a escuchar.🌗🌗🌗🌗🌗—No ha querido salir —me dice Amaris una vez que me ve caminando por el pasillo en dónde está mi habitación y la de mi melodia—. Y ya ni siquiera quiere hablar para insultarme.—Yo me encargo —le digo y tocó fuertemente la puerta— ¡SI NO ABRES LA MA
MAIA COOPER.Juego con la comida en el plato muy aburrida.—Nicolás llega hoy en la noche.—¿Ah, sí? —hago que la albóndiga ruede un poco por el plato—. Que mal.Escucho como Amaris suelta un suspiro.—¿Te encuentras bien? —me pregunta.—No preguntes cosas que no te interesan —le digo.—Realmente me interesas —suelto un "sí, claro" sarcástico—. Eres mi cuñada.—Desgraciadamente —le digo—. Y aunque seamos cuñadas, eso no significa que te tenga que importar, al igual que tú no me importas en lo más mínimo.—Maia...—Maia, nada —la interrumpo y alejo un poco mi plato—. Se me quitó el apetito, provecho.Me levanto de la silla y salgo del comedor azotando lo más fuerte posible la maldita puerta.—¿Por qué estás tan enojada? —ruedo los ojos con molestia cuando escucho que me sigue—. Maia, te estoy hablando.—Y yo te estoy ignorando —le digo—. Mejor no pierdas tu tiempo y vete a otro lado.—Sabes que puedes confiar en mi —suelto una risa sarcástica—. Somos amigas.Me detengo en las escaleras
MAIA CARRIZALES.—¿Recuerdas el trato?—Sí —le respondo.—Muy bien —me dice—. En cuanto acaben de conversar, gritas avisándolo, ¿entendido?Asiento con la cabeza antes de que Nicolás salga de la oficina y que la puerta de esta, unos minutos después, vuelva a ser abierta, solo que está vez entran dos guardias custodiando a Cameron.Me levanto de la silla y espero a que le quiten las esposas para que Cameron venga a abrazarme rápidamente y yo le devuelva el abrazo.—¿Estás bien? —me pregunta preocupado una vez que nos separamos.—Eso debería de preguntártelo yo a ti —le digo y lo escaneo con la mirada—. Te ves bien.—Eso no importa —me dice— ¿Te encuentras bien? ¿Él te ha...?—Eso no importa ahora —lo interrumpo— ¿Cómo están los demás?—Bien —me responde.—Me alegro —le digo—. Yo... Me entere de que Sarah está embarazada, felicidades.—Gracias —me dice—. Felicidades también a ti, futura tía.—¿Y cuánto tiene de embarazo? —le pregunto.—Seis meses, casi siete —me revela—. Estamos esperan





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