El jardín estaba en calma, con el canto lejano de las aves y el aroma húmedo de las hojas frescas.
Isabelle caminaba hacia el invernadero con el cabello suelto, el gesto firme y los ojos esquivos.
James venía de regreso a la mansión, más erguido, aunque aún con la lentitud impuesta por la herida.
Ambos se detuvieron al encontrarse de frente, entre los arbustos altos y los rosales alineados.
No había salida que no fuera a través del otro.
James fue quien rompió el silencio:
—Oliver me qu