El mármol blanco reflejaba la luz dorada del atardecer, y el sonido lejano del mar apenas se colaba por los ventanales abiertos. La mayoría seguía en la playa, envueltos en risas y copas. Isabelle había regresado antes, con una excusa que nadie cuestionó.
Subió las escaleras con pasos suaves, deteniéndose frente a una de las habitaciones del ala este. Tocó.
La puerta se abrió. Celeste la miró sin sorpresa.
—¿Vienes a verlo?
Isabelle asintió, sin saber qué esperar.
Celeste la observó u