Después del encuentro en la sala de juntas, James e Isabelle se acomodaron la ropa en silencio. No había prisa, pero tampoco palabras. Solo miradas que decían más de lo que cualquiera se atrevía a pronunciar.
Salieron tomados de la mano, caminando por el pasillo rumbo a la oficina de James. Varios empleados los miraban de reojo, algunos con sorpresa, otros con sonrisas discretas. Isabelle sintió las miradas sobre ella y se sonrojó, pero no soltó la mano de James.
Al llegar a la puerta de la