El bote se mecía con lentitud sobre el mar oscuro. La madera crujía bajo sus pies, y el aire salado se mezclaba con el frío de la noche. Isabelle y Noah, aún atados de manos y pies, con la boca cubierta, apenas podían moverse.
El hombre que los había golpeado se acercó con paso firme. Su silueta, alta y cansada, se recortaba contra la luz tenue de una linterna colgada en el mástil.
Sin decir palabra, arrancó la cinta de sus bocas.
Noah respiró hondo, luego escupió las palabras como si le