El laboratorio estaba escondido entre dos calles tranquilas del centro de Bergen, discreto y sin pretensiones. Las chicas entraron con paso firme, aunque el silencio entre ellas hablaba más que cualquier palabra.
Una mujer de rostro amable recibió a Isabelle en la recepción. Tras llenar un breve formulario, la condujo a una pequeña sala blanca donde tomó la muestra de sangre con eficiencia.
—El resultado estará listo en diez minutos —dijo la mujer, con una sonrisa profesional—. Puedes esper