La mañana en Belvedere Hill transcurría en calma. Isabelle había recorrido la biblioteca con sus estanterías infinitas, luego el jardín trasero, donde las bugambilias trepaban por los muros como si quisieran tocar el cielo. El aire olía a lavanda y madera húmeda. Se sentía ligera. Como si algo dentro de ella hubiera soltado el peso.
Al volver al vestíbulo, se acercó a uno de los empleados.
—Voy a tomar uno de los autos del señor Moore.
El hombre asintió con cortesía.
—Claro, señorita. P